Una de las cualidades más cautivantes de la literatura es la de
poder contener cualquier entidad existente en el universo. La historia, por supuesto,
entra en ese universo. Lo hace con la particularidad de mantener algunas veces
una relación dinámica con la literatura: ambas pueden devenir en la otra.
Los ejemplos en nuestro país son muchos y muy ricos. Moreno,
Belgrano, Castelli: todos escritores pertenecientes a nuestra elite intelectual
encargada de darle letra al movimiento emancipatorio de Mayo de 1810. Los
integrantes de la generación del 37, encargada de sentar las bases de la
república, además fueron autores de los primeros clásicos nacionales:
Echeverría con El Matadero, Sarmiento
con Facundo, Mármol con Amalia. A través de la literatura se
intentó dar identidad a una nación necesitada de héroes, mitos, un pasado en
común. El Martín Fierro es nuestro
libro nacional y, tiempo después, los modernistas intentaron reivindicarlo, a
la vez que pretendieron un segundo proceso de creación de una literatura
nacional. Además, esa generación, si bien renegó de Lugones, también lo supo tener
como maestro. Hay ensayos que afirman que con el suicidio del poeta se termina
el modo de ser del escritor comprometido enérgicamente con la política
nacional.
No hay mejor modo de conocer a un personaje histórico que
teniendo en cuenta su producción misma como elemento primordial. Al mismo
tiempo, ningún escritor deja de ser un escritor de su tiempo. Hechos y letras
se conjugan dinámicamente en una misma cosa. Letras por la historia intentará recorrer la historia desde un modo
literario y la literatura desde un modo historicista.
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